Han pasado ya cuatro décadas desde el accidente de Chernóbil y, viéndolo a la distancia, jamás habría imaginado que esa tragedia marcaría mi vida de una forma tan profunda.
Entre 1989 y 1995, vi llegar a Los Ángeles a muchísimos desplazados. En aquel entonces, yo dividía mi tiempo entre la universidad y una organización sin fines de lucro donde apoyábamos directamente a los refugiados. Recuerdo ver llegar a familias enteras; desde abuelos hasta los más pequeñitos. Algunos se veían sanos a simple vista, pero otros ya cargaban con los duros estragos del accidente en su cuerpo.
Mi labor era acompañarlos en la búsqueda de un hogar temporal mientras lográbamos algo más estable. También coordinábamos servicios médicos, clases de inglés y cursos para ayudarlos a integrarse a esta nueva cultura.
Pero, al final, el regalo me lo hicieron ellos a mí. Conocí a personas maravillosas. Aprendí a saborear el borscht, los deruny y los kotlety. Me empapé de sus tradiciones, conocí su dolor, pero sobre todo, su increíble esperanza. Fue una etapa de aprendizaje inmenso.
Hoy, 32 años después de aquel encuentro, sigo recordando con un cariño infinito a la pequeña Zlata. Me duele el alma que no haya logrado cumplir sus 9 años, pero su sonrisa y su valentía se quedaron grabadas en mi corazón para siempre.
Hasta que nos volvamos a encontrar, mi querida muñeca.



